Había cambiado con la luna, al llegar su nueva fase, me encontraba volando entre la oscuridad con alas que se mezclaban con la noche, acogiendo mi pequeño cuerpo en una fría cueva, un murciélago al goce de las estrellas.
Tan pronto los primeros ratos del sol acariciaron la Tierra, me hallé cobijada con suaves plumas en un nido equilibrado en la cima de una montaña. Mi grandeza aumentó, y no solo exterior, ahora poseía una realeza y poderío nato, mirada fija y dominante, aquella que posee un águila. Viajé por los cielos y mi sombra se calcaba en el paisaje. Aquello que vislumbré era simplemente maravilloso, jamás había estado tan alto, mi miedo se había marchado, sentía que nada podía hacerme daño, era dueña de mi dirección, todo era tan accesible desde allí. Cortaba las nubes y creaba mi propia brisa, no había paso que me alcanzara.
A la lluvia de la cascada, las gotas me otorgaron ligereza y a la vez redujeron mi tamaño, mi enojo me condujo a robar el arcoíris que apretaban entre las rocas, lo estrujé tan fuerte que todo ese color me transformó en una mariposa parecida a un collage.
La vida no fue tan dulce, pasé a ser aperitivo y al mismo tiempo mi depredador. Sentí la humedad de la tierra, las alturas arrebatadas por la frescura del verde; ahora provocaba mi melodía al meneo de un cascabel y cuyo ritmo me movía a la búsqueda de mi almuerzo. En la carrera por perseguir a un conejo que entre salto y salto me llevó a perder la noción de tiempo y espacio, la rapidez corrió por mi sangre y logré el cambio ambicionado.
Poseía la hermosura vestida de plata, cubierta de marcas negras significantes de cada una de mis metas, garras firmes y potentes para obtener cualquier cosa e inclusive terminar con cualquiera que se interpusiera en mi camino, lagos profundos que visualizaban un futuro glorioso, oído profundo que advertía de los cazadores de sueños. Tigre blanco que ocultaba tras su alarde los temores y heridas, ahora solo quería moverme en mi hábitat, revestirme y seguir el sentido más que la razón.
El ocaso arribó y cerré el día con la misma visión, coraje y entrega a mí, comprendí que hasta no aceptar que el cambio propio no podré ver el de los demás, seguiría anhelando lo que fui sin darme cuenta de lo que soy ahora, tal vez solo así no se escurriría entre mis manos lo que en mis ojos se antepone, dejando a un lado lo que es importante, pensando y no viviendo.
Aullé a la doncella de platino cual loba hambrienta de sangre fresca, mis emociones rebasaron el aura, al instante me sentí liberada, era viento, mi prisión de carne no me detenía más.
1 comentario:
uuuhh!!
pues descanse, tal vez yo no logre pegar el ojo...
la incógnita me mata. Reformulo:
yo sé quién es usted???
descase mucho, sueñe bien bajo la luz de la Luna
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