La llovizna de aquel día difuminó mi mente, no estoy segura del origen de las pequeñas gotas que rodaban por mi mejilla, tan solo sé que el asfalto se volvió un cielo lleno de estrellas húmedas.
La tarde abriendo paso al anochecer, unas cuantas palabras de una voz susurrante y cada vez más lejana, un abrazo interrumpido a la par de una caricia cuyo encuentro al roce de su mejilla quedó inconcluso, una mirada que se perdía en el vacío y el adiós tan temido.
El silencio tomo un sabor a ti; el sonar de tus pasos resonaba al eco de las campanas, primero fuerte y de a poco se iba alejando, no preciso cuando desistí de escuchar, a cada paso dejabas claro que este amor había llegado a su final.
Miraba alrededor de mi, los muros se transformaron en espejos que me mostraban tu rostro, buscaba en todos lados una señal que me dijera que no te irías, tan solo encontré la indiferencia de la vida y un frio que cobijaba mi dolor.
Unas flores indispuestas, pajarillos dejando caer algunos ramitas como queriendo dirigir nuestra atención al nidillo de amor que reconsiderara tan dura decisión; un reloj que a cada vistazo se robaba diez minutos a un sueño más.
El encuentro de la luna al adiós del sol, las estrellas al choque de las nubes, la ola de alegría que inundó por primera vez el parque donde todo inició y en el que ahora naufragaba mi razón. Tu silueta que se pierde entre los árboles que se mecen al ritmo de las gotas que revientan, tu aroma mezclado con el olor del rocío, una ventana que se abría mientras se cerraba mi sonrisa.
La brisa que te seguía como tratando de detenerte, pidiendo volvieras, pero en tu andar era negativa la respuesta. Las hojas volaban hasta ti sollozando, rozando tu piel, marcando el último beso que mis labios habrían de conceder
Al contraste de tu partida marqué mi camino, mientras las luces se encendían acompañando nuestra partida, el cierre de un poema jamás escrito quedado hoy en recuerdos infinitos. Me alejé con mi orgullo antagonista preguntándose si algún día te conseguiría olvidar.
Allí estaba él, había sido envenenado por sus palabras con toque aromático, no hacía más que contemplarla mientras se ahogaba en sus dudas; pedía ayuda a un Dios en el que nunca creyó y con el cual nunca platicó, pero eso no importaba ahora, necesitaba una dosis muy fuerte de valor, tenía que provenir de fuerzas omnipotentes para superar aquel miedo que lo ataba a la silla, que le amordazaba el corazón.
No supo el origen, sin embargo llegó, el valor recorrió su cuerpo empujando sus sentimientos a la salida, concretándolos en una sola expresión: “Te quiero y muero por ti mi amor”. Por unos minutos la incertidumbre hizo callar el tráfico y los gritos de la ciudad, todo se congeló esperando la reacción que haría girar su mundo en una nueva dirección.
La sangre hirviendo corría por sus venas, los latidos provenían de una válvula a presión y aquella frescura recobrada un dulce sabor, ahora de nada servía, la garganta estaba transformada en una total sequía; era como si aquella declaración tan inesperada sin saberlo fuera ansiada. Miguel continuaba esperando una respuesta o alguna señal que le devolviera la vida, aquella que a la luz roja del semáforo quedo pausada. A la par que parpadeó el verde, la chica emprendió la huida cual si fuera estrella fugaz a penas detectada tras un parpadeo del joven, que se hallaba a penas consciente por las lágrimas heladas que emanaban de unos ojos sin mirada.
Llegó la noche, vestida de calidez y disfrazando con su llovizna el llanto incontenible de ambos jóvenes. Él, solitario en la ventana sin poder entender el por qué de aquella broma tan cruel del destino y más aún ese impulso incontenible para la declaración realizada. Ella por su cuenta, sintiéndose perdida en su interior, comprendía todo lo que había pasado, estaba predestinado que se repitiera la historia, no quería sufrir una vez más, no sabía si podría soportarlo. Todo aquello ya lo había vivido.
Invadidos por un extraño cansancio, no era un cansancio físico, era un desvanecimiento de su ser, cansado de lidiar ya contra tantas adversidades en cuantiosas vidas, era ya imposible. Entraron en un profundo sueño; dulce, tierno, embustero. Se encontraron de nuevo al correr del alba, abrigándoles el sol y la luna el alma, y cual si hubieran tenido una eterna charla, su existencia quedó aclarada.
Ambos cuerpos se fundieron en uno mismo, tras caricias se solidificaron, con besos se sellaron y así a la eternidad pasaron; dos mundos encontrados al correr del tiempo, robándole al Universo una noche en el silencio, dejando el reloj con las manecillas atascadas entre ilusión y magnificencia, y en el medio un final y un principio.
Pareciera ser un domingo cualquiera, al menos creo que la mayoría de las familias trata de pasarlo en familia, tal vez para la mayoría del mundo así lo sea tal vez no; hay veces en que la cotidianidad acaba por convertir nuestros días en sellos y cada vez nos es más difícil romper con esa rutina, e inclusive aprovechar esos pretextos de la mercadotecnia para transformarlos en momentos especiales.
Por lo menos se que esta mañana no es igual. Desperté sintiéndome diferente, tras el canto de ese pajarillo que me recuerda que de no darme prisa el famoso “May I come in?” esta vez sería rechazado. Abrí la ventana y contemplé la mañana por un momento, cómo describir lo que las palabras no me permitían explicar.
Entré al salón de clases, recordé que hoy se cumplía la dieciseisava ocasión que celebrábamos tu día, solo que no estaba segura si las habíamos pasado juntos. Durante la clase mi mente no pudo evitar divagarse en el regalo que ameritaba la situación, cómo saber cuál sería el mejor o por lo menos hacer el intento; no todo eran camisas, pantalones, zapatos, carteras, en fin, una serie de artículos que se han vuelto un clásico.
Llegó el receso y con él un sinfín de pensamientos. Me senté en una banca del patio, pero algo pasaba, pretendo pensar que todo fue producto de la exposición al sol, sin duda sus rayos venían cargados de una extraña melancolía, que después cambiaron por una llovizna que traía consigo la reflexión. Sonó el timbre para regresar al aula y junto con él una claridad que absorbió mi mente, en un instante abrí los recuerdos, miré para atrás, justo cuando era niña o más atrás, tu lenguaje pude descifrar.
Debo confesar que no me fue fácil aprender a conocerte, me dolían tus salidas y aún mas tus cortas llegadas, pero al fin logre asimilar todas tus cartas impresas en papel ladrillo. Primero los cimientos, deseabas que los valores fuesen la fuerza que impidiesen derribaran su grandeza; luego los ladrillos y varillas, cada una de las enseñanzas para la vida, pegadas una a una con un cemento de brío, ilusiones y esperanzas; seguías con el techo de sueños, colocado en lo alto, para que aprendiese a valerse por sí sola y luchar por ellos, siendo tú constructor de la escalera que le ayudase a cumplir sus metas; no podías olvidar las ventanas por las que deseabas se colaran con el viento todos aquellos momentos que la distancia te había robado de su infancia; sin faltar la puerta por la que deseabas que el perdón entrara y junto con él, tu niña corriendo a abrazarte el alma. Sé que me falta mucho por descubrir, y es que tu construcción mayor todavía está en proceso de construcción, no se guarda en mí el miedo, tengo al más brillante ingeniero.
He conocido tu historia y le he susurrado al viento que no hay orgullo más grande que el que yo te tengo; eres un ingeniero de vida, un caballero emprendedor que da batalla a toda aversión; te has empapado en ideales que han tratado de secar, los cuales con lágrimas has conseguido reavivar, no faltado quien el orgullo te ha querido robar, cortar de tajo tus alas y borrar tu camino, todo ello te es superfluo pues vuelas con el anhelo y en ti yace la sombra de un guerrero. No importa cuántos sacrificios has debido realizar o las veces que te has tenido que levantar. Llevas en ti un aire de obstinación, el mérito propio se respira en el entorno. Humildad es tu ciencia y el trabajo tu lema.
La hora de salida se hizo presente; tengo la garganta seca, tu calor de padre reposa en mi interior evaporando todo temor; más sin en cambio la lluvia rebasa mis ojos, los ha inundado de sentimientos que no han sabido salir a tiempo; llevo en mi espalda tus memorias y a cada paso tu huella en el asfalto dejo.
Abro la puerta y ahí estas, haciéndote más que nunca presente. Desentierro de tus manos los planos que con tanto aferro has guardado, al tiempo que aprieto a tu mano y pido al tiempo que no te aparte de mi lado; no puedo imaginar el no abrazarte nunca más.
Lo siento, rechazo la oferta de uno por trescientos sesenta y cinco, me quedo con la vida y la vida implica tenerlo conmigo. A lo largo de estos años se que tus expresiones se concretan en acciones; sin embargo lo gritas en el silencio, leo tu mirada y sin preguntar mas nada ya sé que es lo que te pasa. Cada desvelo es igual a un “te quiero”, un consejo es un “me importas demasiado” y con cada viaje me gritas “te amo”.